Con los días y los sueños

Con los días y los sueños

viernes, 19 de agosto de 2016

Dios lo puede arreglar todo

La calle es una calle cualquiera de Montevideo: gris. Baldosas. Es una tarde de otoño. Hay neblina. Los pasos resuenan sobre las baldosas, apropiadamente. Mateo Carriquiri saca la llave y abre la reja abajo del cartel que pone: Tarot, soluciones y respuestas. Es más tarde de lo usual, pero abre porque tiene un cliente especial. Abre la puerta y entra.

El lugar es pequeño, apretujado de cajas y cosas. A veces son auténticas (de viajes que ha hecho, Egipto y Madagascar) otras son cartón pintado por un eterno estudiante de bellas artes amigo suyo. En el fondo, la reproducción una pintura de Touluse Latrec donde sale un hombre con un turbante mirando una bola de cristal. En el medio, una mesa con dos sillas.

Pasa de largo y va al vestuario. Es un pequeño cuarto detrás de unas cortinas negras, como un probador grande con una puerta que da a un baño y una pared con un ropero. Lo abre. Saca una túnica que compró en la Casa de los Chascos. Azul brillante, con estrellas y otras figuras plateadas. Se supone que evoca el cielo nocturno y la astrología. Se baja el pantalón exhibiendo las nalgas blancas y flacuchas y lo deja en un banquito. Se pone la túnica. Ahora es el Profesor Alberto. Se identifica así en las publicidades, los papelitos que a veces reparten la gente que contrata.

Sale del vestuario y cuida de cerrar bien la cortina, que no se vea para adentro. Se sienta en la silla apoyando los brazos sobre la mesa. Espera. De pronto se para y va a buscar algo atrás de las cortinas oscuras y pesadas. Vuelve con un pañuelo, se lo anuda sobre la cabeza. No es un turbante, pero se usa mucho ahora. Se usa más. Hoy nadie usa turbantes.

Mateo Carriquiri mira la hora en el reloj de muñeca. En el tiempo que le queda antes que llegue, prende incienso y acomoda la iluminación hasta que todo queda perfecto.

***

Suenan unos golpes en la puerta. Carriquiri adivina nerviosismo por el ritmo. Espera. Los golpes vuelven a sonar.

Se para y se acerca despacio y la abre sonriendo.

Afuera hay un hombre. Es un poco gordo, un poco calvo, un poco viejo. Un poco de todo, pero no mucho de nada, piensa Carriquiri. Hizo una reserva por celular, así que solamente conoce su voz. Carriquiri ha pensado en hacer un sitio web y otras cosas similares, pero no conoce a nadie confiable que pueda ayudarlo. Además, los medios de siempre siguen funcionando.

-El señor Doldán?

-Profesor –dice Doldán, y se mete en la casa.

-Pase, por favor –dice Carriquiri, y cierra la puerta. La primera vez que vienen los clientes tienen mucha ansiedad. Que pase y se siente. Que se calme.

El Profesor Alberto camina con las manos levantadas para que le cuelguen las mangas. Carriquiri aprendió que ese gesto impresiona mucho. Capta su reflejo en el espejo de refilón y puede ver que la túnica no está tan mal. Hay una pintura de Blake, ¿el hombre vestido de estrellas? No recuerda el nombre. Es hora de volver a ser el Profesor Alberto, piensa Carriquiri cuando se sienta enfrente a Doldán.

-Entonces, señor Doldán, dígame ¿qué puedo hacer por usted?

-Como hablamos por teléfono, quisiera hacer una sesión espiritista.

-Eso es poco convencional. Yo me especializo en el tarot y la futorología. No en invocar los espíritus de los muertos.

-Si. Ya lo hablamos. Estoy dispuesto a pagarle.

-Le recuerdo que yo cobro mis honorarios aún cuándo usted no obtenga los resultados que espera. El mundo de los espíritus es engañoso. A veces, hostil...

Carriquiri deja que sus palabras floten en el aire. Que Doldán se haga cargo.

Doldán asiente con la cabeza varias veces.

-Si. Acepto.

-Cuénteme.

-Estoy preocupado por la muerte. Toda mi vida ha sido precipitarme hacia la muerte donde a veces encuentro algo que amo por un tiempo para perderlo indefectiblemente para siempre.
Carriquiri se sorprende por la forma de hablar de Doldán. No se parece a otros clientes. No sabía que existiera este mercado. Dejémoslo hablar, piensa.

-Aha.

-Tenía un tío. Cuando murió mi abuelo, su hermano, él fue como un abuelo para mi. Yo era chico y deambulaba por la casa donde vivía con mi madre, mi tío y su esposa. El tenía una máquina de escribir que a veces ponía en el comedor. El comedor estaba lleno de cosas hermosas. Un cristalero lleno de copas y de macaquitos de vidrio coloreado. Una vez le pregunté como se hacían y me contó que el vidrio caliente era como un líquido que se podía moldera, y yo decidí que quería ser eso: vidriero. Para moldear vidrio líquido y teñirlo de colores y darle formas fantásticas.

La cara de Doldán se había iluminado. Hablaba sin parar, con entusiasmo. El Profesor Alberto asentía.

-Yo me acercaba a él cuando estaba trabajando. Usaba lápices. Escribía en la máquina con papel carbónico para hacer varias cosas de lo que escribía. Algo de su trabajo, nunca supe qué. Tenía los codos arrugados. Yo miraba sus codos y los míos y no entendía. La piel suya estaba estirada y arrugada. No entendía la difernecia. A veces, si lo cargoseaba mucho me mandaba a que intentara morderme los codos.

Doltán rió.

-Un día enfermó. Ya no vivía allí, su trabajo había disminuído y ya no pudo pagar el alquiler. Yo ya no vivía allí, pero él se mudó con su esposa a un lugar más chico; allí intentó varios negocios, sin éxito en ninguno. Enfermó. A veces se decía: no te hagas mala sangre. Bueno, se hizo mala sangre. El día que se murió, yo era chico, mi madre volvió con la noticia. Yo le abrí la puerta y me lo dijo ahí. Después pasó de largo. Estuve un rato tratando de cerrar la puerta. Era imposible. No podía meter la llave en la cerradura. Lo intentaba y lo intentaba, pero era imposible. Al final pude, y mi tío ya se había muerto.

"Mi tía le sobrevivió. Pero le hago corta la historia. Hace unos años enfermó del corazón y murió. Fue quedándose dormida. A veces se despertaba y hablaba un poco, pero no sabía en donde estaba. Sin embargo se sentía querida, allí en el sanatorio. Y un día ya no despertó".

"Un año exacto después de la muerte tuve el sueño por primera vez. En ese sueño, mi tía aparecía a los pies de mi cama. Yo me incorporaba y la abrazaba. Ella seguía buscando algo. Y yo le preguntaba si ya se habían reecontrado con mi tío".

"De niño me contaron que la gente que muere se va al cielo y ahí nos encontramos de nuevo con nuestros seres queridos, que se fueron antes. Pero mi tía, en el sueño, me decía que no. Que no lo había encontrado por ninguna parte. Y seguía buscando".

Doltán hizo silencio.

-Por favor, prosiga –dijo el Profesor Alberto.

-Bueno. Ese sueño. Empecé a tenerlo cada vez más seguido. Cada día veía a mi tía, cada día le preguntaba si ya había encontrado a mi tío. Cada vez me respondía lo mismo: todavía no. Y yo necesito saber que ellos se hallan reencontrado en el cielo. Porque eran personas buenas. Y porque si ellos se reencontraron allí, yo algún día podría verlos de nuevo. Podría recuperar todas las cosas que perdí, que ya no tengo mas. Eso significaría que Dios lo puede arreglar todo. Por eso necesito hablar con mi tío.

-¿Cómo se llamaba?

-José. Pepé.

-Y su tía?

-Rosa. Rosita.

-Y ellos, ¿cómo le decían a usted?

-Nene.

-Me trajo lo que le pedí?

-Si.

Doldán sacó un trapo del saco. Lo apoyó en la mesa, al lado del mazo de las cartas de tarot. De adentro, sacó una foto en un marco dorado y un poco oxidado. Estaban las caras de los dos muertos en blanco y negro, a lo mejor en cepia, Carriquiri no podía distinguir bien con la luz.

El Profesor Alberto tomó el objeto y se levantó de la mesa. Lo llevó hasta un pequeño altar sin dioses donde ardían dos varillas de incienso. Abrio una cajita y lo metió ahí. Al volver a la mesa se sentó, cerró los ojos y empezó a murmurar.

No decía ninguna palabra inteligible. A veces miraba con los ojos entrecerrados la cara de Doldán. A veces cambiaba el ritmo de la letanía. A veces tiraba una palabra en portugués, otras, una palabra inventada. De pronto, Carriquiri se puso rígido, con la cabeza echada hacia atrás. Enderezó el cuello y, con los ojos en blanco, se enfrentó con Doldán.

La voz salió carrasposa. El Profesor Alberto había incorporado al espírituo del tío.

-¿Quién me llama? Tengo que volver con Rosita.

Doldán empezó a llorar. A llorar y a reirse a la vez.

Le agarró la mano al Profesor Alberto y Carriquiri pensó si Doldán no sería un violador. Lo difícil que sería convencer a la policía, más en la línea de su negocio. Nunca le había pasado, pero podía pasar. Pero no.

-Tío. Estás bien?

-¿Nene? ¿Sos vos? No te veo.

-Si, tío. Si, soy yo.

-Vos todavía estás ahí en la tierra. Siiii. Te veo, desde arriba. Estás en un lugar con otra persona. Ahora te veo. ¡Estás cambiado! Tené confianza, nene. Todavía falta, pero un día nos vamos a encontrar de nuevo. Y todo va a ser como antes.

Doltán no paraba de llorar.

-La tía. ¿Cómo está?

-Hermosísima -dijo el Profesor Alberto hablando por el espíritu del tío Pepe.

Doldán se levantó de la mesa y lo abrazó. Apoyó la cabeza en el hombro, encima de la tela azul brillante y las estrellas plateadas. Lloraba y repetía 'te quiero mucho'. Te quiero mucho. Te quiero mucho.

Te quiero mucho.

***

Cuando el llanto amainó, Carriquiri le apoyó la mano en el hombro y Doldán se incorporó.

-¿Está bien? ¿Qué pasó? -dijo Carriquiri con la voz del Profesor Alberto.

-Está perfecto. Todo está perfecto.

***

Después de cobrarle, Carriquiri acompaño a Doldán a la puerta. Al silencio de la noche. A la niebla. Carriquiri sintió un poco de miedo. Miedo al momento en que tuviera que cerrar la puerta y la reja y partir él también. La niebla en la calle tenía el color sobrenatural que le daban las luces de mercurio. Carriquiri pensó que, nomás viendo una calle, era imposible decir en qué año estaban.

***

Carriquiri se había tomado el día libre para ir al teatro porque había dos funciones de una obra donde trabajaba Leo Sbaraglia. Cuando salió del teatro todavía era de día pero estaba oscureciendo y decidió caminar un rato, quizá entrar una librería y comprar un libro.

Iba por Dieciocho. Hacía tiempo que no pasaba por ahí. Sonrió para sus adentros pensando en la ciudad. Justo cruzó por delante de la Biblioteca Nacional. En Montevideo hay edificios dignos de París, pensó. A los pies de la escalera había unas personas. A medida que se acercó vio cuatro hombres, se estaban despidiendo. Miró hacia adentro.

En unos carteles se anunciaba una conferencia de la Universidad. Había escuchado algo en la radio y le interesaba porque la gente de la Universidad siempre parecía querer arruinarle el negocio. En la radio hablaron de una charla sobre astronomía que daba un argentino.

En el grupo de hombres estaba Doldán.

En el momento en que Carriquiri lo ve, Doldán también lo ve y lo saluda como a un amigo. Levanta el brazo para llamarlo. Carriquiri baja la vista.

-Profesor –grita Doldán-. Profesor Carriquiri.

Carriquiri levanta la vista.

-Si.

-Profesor. Como está? Acérquese. El Profesor Mateo Carriquiri, los profesores Domínguez, Cavalho y Emenukián -Carriquiri estrecha una por una las tres manos extendidas-. Que pena no haberlo visto en la conferencia. Sus puntos de vista son tan interesantes!

El entusiasmo de Doldán parece auténtico, piensa Carriquiri.

-De veras? -pregunta uno. Carriquiri se da cuenta de que es el argentino. Los académicos son muy curiosos.

-Oh, si. Pero el Profesor Carriquiri se mueve en otra línea, en las humanidades, no en las ciencias duras.

-Doldán, a usted siempre le interesó la interdiciplinariedad.

Se rieron como si el argentino hubiese hecho una broma. Carrirquiri también se rió, por las dudas. Doldán lo llevó aparte un momento.

-Nos vemos para cenar, profesor?

Carriquiri no sabía que decir.

-¿Conoce el lugar es de comida armenia? En la calle Ellauri... ¿Cómo se llama?

-Erevan –aventuró Carriquiri timidamente.

-¡Exacto! Le llamo un Uber. Usted espéreme allí, tengo que despedirme de ellos y voy lo antes posible.

Antes que Carriquiri supiera lo que pasó, Doldán sacó un teléfono y escribió algo en la pantalla. A los tres minutos apareció un automóvil y Carriquiri subió. Se bajó en Erevan. Como un sonámbulo, se sentó en una mesa cualquiera.

***

Pidió algo de tomar. Una cerveza. Prendió un cigarro. Pidió un cenizero y se lo trajeron. Cuando lo estaba terminando vio a Doldán, un poco gordo, un poco calvo, un poco de todo y mucho de nada, acercándose con paso vivaz

Se dan la mano como viejos amigos y Doldán se sienta en una silla.

Carriquiri titubea.

-Me alegra verlo afuera. Quiero decir, vestido de calle. ¿Sabe quienes eran las personas que saludamos?

Negó con la cabeza.

-Científicos de punta. Algunos ya solamente se dedican a la política. Pero dirigen sus propios departamentos de investigación. Son muy talentosos, yo no entiendo ni un treinta por ciento de lo que hacen. Bosón de higgs, física de partículas.

-¿Y usted? ¿A qué se dedica?

-¿Yo? A la mecánica estadística. Se usa mucho en la industria. La mayoría de mis estudiantes de postgrado vienen de la ingeniería industrial. En Uruguay no hay mucho mercado, pero por ahora las cosas van bien. Además de el ejercicio liberal a veces doy clase en la ORT para no quedar fuera del circuito académico. Ya sabe, los contactos.
Son importantes para conseguir clientes, no le parece?

Carriquiri le miró los zapatos. Sabía que por los zapatos se podía conocer el poder adquisitivo de una persona. Si podría pagarle o si no. Había una línea delgada entre los que podían pagarle y los que querrían pagarle. Ese era su nicho de mercado. Pero este Doldán no estaba ahí. Doldán era un ave. Le había tomado el pelo. Y él se había dado cuenta ni bien lo escuchó hablar. Pero le había seguido el juego.

-¿Qué está tomando? Cerveza. Pidamos otra, una artesanal.

Doldán pidió otra cerveza y ordenó la comida por los dos.

Carriquiri comió sin decir palabra. Doldán había elegido bien. La comida era deliciosa.

-Mi tutor de maestría era armenio. Nos hicimos muy amigos y me volví un aficionado a la comida armenia. Desde que murió su esposa no nos vemos tan seguido, pero mientras vivía la mujer me enseñó muchas recetas. Pero no me pareció apropiado invitarlo a cenar a casa. Y en este lugar la preparan muy bien, no le parece?

Carriquiri asintió antes de darse cuenta. La cerveza se le había subido a la cabeza. No sabía que hacía allí ni por qué se quedaba.

Doldán se sacó los lentes y lo miró. Tenía los ojos celestes. No se había dado cuenta la noche que lo atendió el Profesor Alberto.

-¿Vio lo que dijo Dominguez? Eso de que me gusta la interdisciplinariedad? En mi campo casi nadie tiene contacto con las humanidades. Salvo yo. Yo trato de leer a los autores a la moda. Zizek. ¿Conoce a Zizek? Es un hombre muy divertido, pero dice cosas muy deprimentes. Conviene verlo más que leerlo. Los jóvenes de las carreras de humanidades, psicología y sociología, lo idolatran. Sobre todo por sus ideas políticas. También los estudiantes de arte y cine. Pero las cosas que escribe son muy deprimentes.

Carriquiri lo miraba como quien mira a un verdugo, esperando recibir el golpe de gracia. El toro que, ya extenuado, mira al torero y no sabe lo que tiene que hacer para que todo termine, para que le den el golpe de gracia.

-Si quiere, se lo puedo decir.

-¿Qué cosa?

-Por qué fui a verlo. Al Profesor Alberto, el tarotista.

-¿Por qué? -dijo Carriquiri, aliviado, presientiendo que llegaba el final.

-Cerca de su consultorio hay pegados a las paradas de ómnibus unos papelitos donde dice que usted es un fraude. Algún cliente desconforme, supongo. A mi me gusta caminar por la ciudad y reparé en esos carteles. Así di contigo.

-Pero... si sabía que soy un fraude, un estafador... ¿por qué? Usted, no cree. No es como los otros.
Doldán sonríe. Pide la cuenta y paga con tarjeta. Pide un café y lo deja pago antes de levantarse y alejarse caminando hacia la noche.

-Es más fácil hacer creer a otro que creer uno, Profesor. Al final, esa es la única forma de creer.

***

Carriquiri se queda en la mesa un rato más. Termina el café. Mira el pocillo blanco. Mira la noche negra.

Tiene miedo de volver a su vida. A su casa. A su estafa.

Doldán. Le gustaría que el tipo ese fuera su amigo.

Una banda de muchachos pasa con teléfonos móviles en las manos. Van tocando las pantallas. El resplandor de las pantallas les ilumina la cara y la noche como estrellas extrañas. El tiempo pasa.

lunes, 15 de agosto de 2016

Con los días y los sueños

De mañana.

Suena The Isley Brothers. Están tocando Love the One You're With. Las voces melódicas pero con un tinte de blues, las guitarras con un sonido que cayó en desuso, los coros; cada rayo de sol que entra en el cuarto tiene una nota un acorde una voz del coro para acompañarlo. La música y la luz son una y lo mismo, indistinguibles en el momento de entrar de nuevo en la vigilia. El aire, lleno de partículas ínfimas de polvo, entrando y saliendo de sus pulmones, inflando y desinflando sus pulmones como globos.

Quién es y qué hace le llegan de golpe, con el recuerdo del sueño. Se incorpora apurado y salta de la cama al escritorio para escribir

Ahora Marvin Gaye lo acompaña. Tiene un móvil en la mesita de luz conectado a un montón de parlantes que cuelgan como las moscas en una telaraña por todo el cuarto, que usa como despertador con Spotify. Pero también sirve para escribir. Santiago escuchó una vez que Stephen King escribía escuchando Judas Priest, Anthrax y otras bandas de Heavy Metal. Igual ahora esta música sirve. Igual ahora no puede parar para cambiar de música y buscar otra. Igual ahora no está escribiendo, está transcribiendo.

Llena unas cuatro páginas con letra virtualmente ilegible antes que se agoten las ideas y dos avisos de la madre para que baje a desayunar. Santiago baja de nuevo a la realidad del cuarto, busca que ponerse. Eugenio en la casa tiene una pila de ropa en uso al lado de la cama. De un metro de alto y poco más en la base. Él, en cambio, tiene unos cajones. La gente es tan distinta una de otra, piensa, y agarra un pantalón.

***

Beso a la madre en la puerta. Lleva una bonita carpeta de plástico, las cuadernolas adentro. Sabe las materias que tiene de memoria, pero por las dudas, en la tapa de la carpeta hay un papel, un 'fixture' de las materias. Sabe que tiene todos los cuadernos que precisa. Las materias son un mal necesario, pero ayudan. Sirven para atraer a todos los amigos a ese lugar.

Da la vuelta a la casa para hacerle un último mimo al perro, casi en secreto. Casi porque el perro ladra, mueve la cola, se hace un poco de pichí en la anticipación al mimo. El perro y el chico, un día quiero escribir algo con ese título, piensa Santiago. El perro le lame la mano. Santiago le rasca atrás de la oreja entre las rejas del porton. El perro queda saltando, pero el portón es muy alto. El portón entre ellos es muy alto, si.

Por la calle pasa otra gente desconocida. Frank Sinatra en los auriculares. La sensación del día, nuevo y luminoso, persiste en el camino al liceo. Solamente esta canción. Después la cambio, se dice Santiago. Y llega al liceo escuchando algo más energético, pronto para una batalla invisible como todos los demás.

***

El liceo es un edificio blanco con una arquitectura que no sigue la geometría euclidiana. No hay manera que ese espacio enorme tenga los recodos que tiene, los espacios enormes adentro que den cabida a los cientos y cientos de estudiantes. Tiene que ser algo extraterrestre. Un experimento extraterrestre para estudiar a estos bípedos sin plumas.

El Cuti está ahí. El Cuti es un sacerdote del culto del Punk. Tiene toda la sabiduría, salvo por que no sabe que la tiene. Se mueve como si cada paso fuera un juego. Hoy vino con un saludo nuevo. Se acerca a Santiago corriendo como un pitufo, aunque no es un pitufo. No es azul. Es alto y flaco, pálido y con pelo negro como ala de cuervo. Dientes grandes, sonrisa grande. El Cuti es genial. Insiste en el saludo no tanto hasta que Santiago lo aprende sino hasta que Santiago se ríe. Misión cumplida. El Cuti es como el tipo ese de Steins;Gate que hace lo necesario para que sus amigos no estén tristes. Santiago se pregunta si tiene cara de triste. Puede ser. O a lo mejor, solamente es cara de sueño.

***

-Ya llegó Bettina.

-Qué malo que sos -dice Santiago sin poder aguantar la risa.

Bettina es la hija de la secretaria de la escuela. Eso es equivalente a la realeza. Así que Bettina es una princesa alta y de rulos, con la cara larga y la misma sonrisa deliciosa de la madre, pero la cara más joven, fresca.

Los mira al pasar. Los saluda con esa sonrisa. Es generosa con las sonrisas. Siempre hablan de ella al llegar. De cómo creen que tuvo un romance con Claudia, la otra muchacha alta, porque bailaban juntas en aquel primer baile, ya tema de leyenda. De lo que creen que es un romance entre dos chicas. Siempre nos divertimos igual, siempre con lo mismo, piensa Santiago. Es un pensamiento satisfactorio, completo.

Bettina era completa. Santiago sospecha que al Cuti le gusta. Le gusta aunque ella no escuche la misma música que él. O que se vista como princesa pop y él se vista con vaqueros y campera de cuero. Pero el Cuti insiste que no, que no. Y eso confirma la sospecha. Santiago se sonríe.

-Hoy soñé de nuevo. Ya lo escribí todo.

-Y? Qué pasó hoy?

-No se si puedo hacerlo cerrar con lo demás.

-Qué pasó hoy?

Santiago le pasa unas hojas de papel, las páginas que escribió en la mañana. El Cuti se las queda leyendo, Santiago en silencio, al lado. Mira como algunos pasan.

Al terminar de leer, el Cuti dice:

-Tendrías que pasárselo a Bettina. Para que lo lea.

-Y no es mejor que se lo leas vos?

El Cuti pone su cara de 'QUE IDEA GENIAL!!!'. Imagina un poco de ese escenario, pero suena el timbre.

Cuando uno escucha música todo el tiempo por mucho tiempo, a veces suena la música sola. Suena en el cerebro. Eso cree Santiago. Es mejor que pensar en un tumor cerebral. Los tumores son artefactos de historias, pero no quiere saber de tumores en la vida. Total, es mejor creer que el cerebro está entrenado a elegir y reproducir canciones. Solamente con un poco de concentración. Una canción conectada a las luces y las sombras del lugar, a los ruidos, los pasos, al ritmo de los latidos del corazón y de la circulación de la sangre.

Y entonces llega.

El escribe para ella. Escribir es pura magia, cuando escriba lo correcto, ella va a unirse a él en una unión mística. Por eso el Cuti le dice que le pase el cuento -que se va haciendo cada vez más largo con los días y los sueños. Pero el cuento no es para Bettina.

Silvana es una muchachita delgada y pálida, con el pelo negro y los buzos azul oscuros diferentes de todos los demás buzos del uniforme de todos los demás. En la cara blanca como mármol a veces se le notan pecas. A veces no. Los dedos de las manos son larguísimos y hermosos. Una vez la vio sola y se atrevió a saludarla con la mano a través de una ventana. Ella le devolvió el saludo, sin conocerlo. O capaz que lo conocía. Capaz que sabía quién era. Capaz que ella también lo miraba de lejos, intrigada por las cosas qué el 'gordito traga' podía escribir.

Al pasar levantó la vista. La mirada le llegó como un rayo. Un rayo que te pone tonto.

El Cuti dice, esta vez hablando la verdad del acero:

-Tendrías que hacerle llegar el cuento.

Esta vez se refiere a la muchacha correcta. Le pasa las páginas de vuelta a Santiago.

-Porque eso es lo que querés, no? Que ella conozca esa parte de vos.

Si. Porque esa es la parte de mi que se puede rescatar, piensa Santiago. El Cuti es un sacerdote de un culto antiguo, posiblemente hiperbóreo. El Cuti es su mejor amigo y puede leerle la mente. ¿Pero de veras le parece que un cuento así podría interesarle a Silvana?

Como si realmente le estuviera leyendo la mente, el Cuti responde:

-Los nombres dicen algo. Silvana es una pista de quién es ella.

Si pudiera soñar más, piensa Santiago, si pudiera soñar hasta el final, me atrevería a darle el cuento. O la nouvelle. O la novela serializada, lo que sea. No hay un nombre para ese género, el de los cuentos que crecen en los sueños.

Uno está solo, piensa Santiago, a medida que el bulto de cientos de chicos y chicas entran al liceo y van como ganado, entrenados para ir cada uno a su clase. Si, y todos estamos solos. Pero en esa soledad compartida hay algo bueno, algo cálido. Como el sol en el aire frío, que atraviesa el frío y llega al buzo suyo y al buzo raro es que usa Silvana, que no se parece al de nadie más en el liceo.

El buzo que no se parece a ningún otro. Santiago piensa eso y el pensamiento se repite, como si viniera de otro lugar, como si significara algo muy profundo. Algo que solamente el Cuti podría entender, pero algo que solamente él, Santiago, podría escuchar.

Trix