Con los días y los sueños

Con los días y los sueños

viernes, 16 de mayo de 2014

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida era pálida y lánguida, cuando caminaba entre la gente muchos pensaban que era un fantasma y otros la creían sonámbula porque su piel pálida como el alabastro estaba manchada por dos profundas ojeras violáceas. Sin embargo nadie osaba expresar esa vaga sensación de horror que les provocaba su cercanía debido a las riquezas que desde muy joven ella había heredado. Su padre, un mercader poderoso, sufrió una muerte temprana al caer por unas escaleras de mármol en Venecia, cayendo a los pies de la niñita que tomó la cabeza entre las manos cual la de un títere y, sin derramar una lágrima, depositó un beso en la frente rota. 

A cualquiera se le antojaría que una niña fulminada por la tragedia y creciendo en la opulencia se volvería una persona egoísta y dedicada a sus placeres. En cambio se había vuelto hacia sus sueños y la mayoría de sus posesiones las entregó a la caridad.

Un noble venido de Bulgaria conferenciaba con el corrupto obispo de la ciudad de N... a propósito de la Dama Adelaida. El religioso era pródigo en elogios para con la muchacha pero la razón no era evidente. Pretendía encender el fuego de la pasión en el joven, quien precisamente estaba en la ciudad para eludir un escándalo en su país natal. El obispo odiaba a Adelaida con todo su corazón.

Al principio, cuando la muchacha donó grandes sumas de dinero y propiedades a la iglesia, creyó que todos sus sueños podrían hacerse realidad. Las donaciones eran una fuente constante de ingresos con los que el obispo aspiraba a construirse un palacio y los más pobres nunca veían nada. Sin embargo, Adelaida se aseguró por medio de varias estratagemas que las riquezas llegaran a su destino. 

El obispo la odiaba con todo su corazón y veía en el joven un instrumento para verla desflorada, para verla humillada y arruinada. El joven, a su vez, era tan manipulable como perverso y sus gustos resultaban grotescos aún al propio obispo. Pero esto le excitaba aún más pues estaba dirigiendo contra la muchacha un arma capaz de la mayor destrucción.

El obispo se aseguró que la muchacha y el joven estuvieran en la misa del domingo, con mentiras a una y promesas al otro. El corrupto religioso se regodeaba desde el púlpito mientras observaba las miradas lascivas que el joven le echaba a Adelaida. A sabiendas de que su plan estaba funcionando luego de la misa los presentó y les dejó a solas. Aún en esos breves encuentros con ella, el obispo aborrecía su presencia. Ahora sabía que era algo más, algo en la propia naturaleza de la joven, que lo repelía. Quizá esa indiferencia ante la riqueza y los placeres mundandos. Quizá la raíz de esa indiferencia, que yacía en algún rincón inaccesible del corazón de Adelaida.

El joven búlgaro tenía un gusto muy particular que contravenía lo que la naturaleza había previsto para la intimidad entre hombres y mujeres. Y sus placeres consistían, además de atravesar este umbral prohibido, en que el objeto de sus homenajes ofreciera la docilidad completa, absoluta y silenciosa más propia de un muerto o un muñeco que a una persona de carne y hueso. A sabiendas de que sus gustos eran censurables había aprendido a disimularlos expresándose en formas seductoras y elegantes. Y luego de cumplidos sus fines, hacía circular rumores que desprestigiaban a sus víctimas, restándoles credibilidad y poniéndolo de nuevo en posición de dirigir sus atenciones a una nueva presa mientras la infortunada muchas veces hundida en la deshonra y la desesperación, optaba por terminar sus días.

Así pues, el joven se mostró amable y cortez con Adelaida, representando el papel de un joven virtuoso, interesado en la caridad y despreciando el lujo y la riqueza. Pero eso tampoco interes logró atraer a Adelaida.

La muchacha pasaba largo tiempo en los bosques y sus sirvientes pensaban que hablaba con fantasmas y trasgos. Rara vez lograban los asuntos mundanos conseguían traerla de nuevo de sus vagabundeos por la región de ciénagas y pantanos que circundaba la única propiedad que había conservado para sí. Y esa distancia entre Adelaida y sus sirvientes resultó propicia para los planes del libertino.

Arregló una visita al palacio de Adelaida en horas que sabía la muchacha recorría esos parajes apartados. Mientras esperaba en la casa, un grupo de hombres feroces la secuestró y la llevaron a lomo de caballo con la cabeza encapuchada hasta el lugar donde el joven residía y allí la llevaron a una habitación cerrada y sin ventanas. Mientras tanto el joven esperaba simulando no saber el destino de Adelaida. Finalmente, organizó unas partidas para buscarla y pasó varios días conduciendo búsquedas que sabía serían infructuosas.

Adelaida no comía ni bebía nada en su prisión de oscuridad. Tampoco se movía de un rincón donde se había sentado. A veces se sumergía en un sueño ligero sin cambiar de postura. Luego de varios días el joven la visitó. Primero la espió desde unas rendijas por donde la miraba sin ser visto. Descubrirla tan quieta y lánguida como un muerto lo enardeció y esa misma tarde hizo que abrieran la puerta para dejarlo entrar. Para su sorpresa, encontró a la joven de pie, totalmente indiferente a su cautiverio y a la sorpresa que suponía ser visitada por el noble búlgaro.

Al principio el joven intentó explicarle que estaba allí para rescatarla, pero finalmente le explicó sus condiciones. A cambio complacer sus caprichos, la dejaría volver a su casa. De otro modo permanecería allí para siempre. 

La muchacha apenas movió los labios al hablar. Extrañamente el período de ayuno no la había dejado más demacrada, sino que casi parecía más vital. Lo tomó de la mano al joven y le pidió que la acompañara.

-Si me permite, creo que usted sabe quien soy y, sin embargo, me resulta difícil creer que sepa quien soy -dijo ella. Los sirvientes a su paso permanecían mudos y los dejaban hacer porque nunca habían visto al joven en un estado semejante -. Ven, dejemos esta casa como el espíritu de un muerto abandona la carne que se corrompe y vuela hacia esferas más elevadas. Acompáñame y préstame tus oídos y podrás enterarte de secretos y ver cosas que te ayudarán a entender.

La casa fue quedando más y más lejos sin que nadie los interrumpiera o los siguiera, porque el joven era muy cruel y solía golpear a los sirvientes que lo interrumpían. Y esa fue la última vez que lo volvieron a ver.


El obispo se despertó agitado. Se había entregado al desenfreno y a multiples placeres prohibidos la noche anterior con la impunidad que le permitía su posición en la jerarquía eclesiástica. Pero en los sueños algo horrible lo había visitado y la ominosa sensación lo había seguido al mundo vigil. Se incorporó en la cama y estiró la mano hasta la mesa para alcanzar la jarra con agua que habitualmente mantenía allí para apagar el fuego que los excesos encendían en sus entrañas. Pero las yemas de sus dedos no sintieron el contacto de una superficie metálica fría y curvada sino la viscosidad de algo pegajoso, frío y muerto. Retiró la mano sobresaltado a la vez que escuchó los golpes en la puerta. Su habitación estaba en el segundo piso pero sonaban como si estuvieran a los pies de la cama. 

Penosamente, el obispo encendió una vela y la acercó a lo que había tocado, una pulpa rojiza, las entrañas de algún animal, seguramente. Tembló al pensar cómo habría llegado ahí. Qué clase de seres podrían atravesar las paredes y contemplarlo mientras duerme? El nunca había creído en ningún poder sobrenatural y su investidura había sido siempre un medio para proveerse sus propios y oscuros placeres. Pero el horror había llegado a su morada, a los pies de su propia cama. Y, al parecer, le había dejado una nota debajo del amasijo sanguinolento.

Los golpes se hacían más fuertes abajo. Titubeó. Miró por la ventana abierta. El camino que conducía hasta un bosque cercano estaba lleno de carros y un contingente de soldados de a pie. Una multitud gritaba algo ininteligible para arengarlos. Finalmente sacó el sobre manchado debajo de las entrañas del animal, un animal bastante grande. Si tenía aún alguna oportunidad de salvarse era entendiendo lo que sucedía. Y para entender eso debía comprender las razones de su visita sobrenatural. Aunque algo en su interior le decía que si acaso existen poderes sobrehumanos que conspiran para producir la ruina de una persona, conocer sus intenciones y propósitos solamente puede conducir a la muerte y la locura.

El sobre, extrañamente, a pesar de haber permanecido quién sabe cuánto tiempo bajo aquello, no tenía ni una mancha de sangre. En cambio era de un color blanco purísimo. Al abrirlo, una hoja contenía una carta escrita con una bella letra cursiva que delataba la delicada mano femenina.

"Su excelencia" comenzaba la carta "Hace varios días una persona de su conocimiento llevó a cabo un crimen vil y despreciable. El criminal, sin embargo, no era quien llevó a cabo los hechos. No era el grupo de forajidos que me secuestró. Tampoco era el joven con gustos desviados que pagó a esos forajidos para convertirme a mí, o a ciertas partes mías, en el objeto de su placer. Nadie juzga las armas que usa el asesino sino al asesino. Y en este caso, el acusado es usted.

"No hay nada que yo diga capaz de hacerlo tomar conciencia de la vileza de su acto y de cuanto corrompe al mundo su sola existencia. Sus abominables pensamientos. Sus criminales acciones. De modo que no será posible que encuentre ningún tipo de redención. En cambio, le hablaré de su condenación."

"En el palacio que alojó al joven noble no queda nadie con vida. Que no sean culpables no los hace menos dañinos y perniciosos y su existencia fue extinguida en paroxismo de extremo dolor. Abandonaron al mundo odiándolo, odiando al mundo y a la existencia. Pero me consta que para ellos, lo mismo que para usted, la muerte no será un alivio."

"Del joven, lo único que sobrevive es algunos pocos jirones, esos que ve allí en su mesa, asi como ciertas joyas que están en posesión suya, dispuestos en varios lugares de su casa."

"Usted alegará que no tenía motivo para realizar este horrible crímen. Pero resulta que este joven había decubierto los huesos de incontables mucachitos que usted había asesinado. Cuando el joven lo confrontó, para encubrir el crimen, usted lo mató e incendió su palacio. Pero fue visto en el camino de regreso. Los huesos en el terreno de la iglesia y las joyas del joven noble en su casa serán suficientes para ahogar cualquier duda sobre su culpabilidad"

"No hay nada que usted o yo podamos hacer para reparar todo el mal que usted ha causado. Pero escuche atentamente estas palabras y ponga toda su fé en ellas"

El obispo supiró.

"Encuentre consuelo en el hecho de que las torturas que le procurará el padre del joven asesinado serán dulcísimos placeres en comparación a lo que le espera después de la muerte y por toda la eternidad"

"Eternamente suya, Adelaida"

Los guardias irrumpieron blandiendo espadas, hachas y lanzas. El obispo clamó por misericordia. Trató de enseñarles la carta como prueba de su inocencia.

Pero los guardias no esperaron, doblándole los brazos, obligándolo a ponerse los grilletes, llevándolo lejos, a un lugar donde su carne y su alma pudiera corromperse en la oscuridad para siempre, mientras la carta, blanca, sin ningun signo de sangre, salía volando por la ventana, girando y aremolinándose, cada vez más lejos de ahí. Cada vez más cerca del bosque.

3 comentarios:

  1. Impresionante. No deja de asombrarme la imaginación que tiene, y me alegro de que haya leído lo que ha leído (Poe? Quiroga?) porque eso le da una capacidad de escribir en un registro exquisitamente narrativo y literario, alejado de los experimentitos modernos (algunos muy buenos, otros nefastos, pero todos carentes de esa fascinación que genera una historia narrada de forma un tanto arcaica pero que es un aviso de lo que viene es un cuento) . Usted escribe como los cuentos de antes, de cuando una era niña y empezaba a leer (o a escuchar) un cuento y desde la primera frase quedaba entregada al placer de una buena narración ("Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida...")
    Uno por día? en serio fanfarrón? Bueno, mientras dure, acá estaremos.

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  2. Bueno, no tengo capacidad para leer uno por día, pero iré cómo pueda. Tranqui.
    También, al igual que a la pinche H, me hizo acordar a Poe. Pero algo así como un Poe para niños, donde el cuervo es un cuervito y en vez de decir nuncamás dice porsiempre.

    En realidad creo que la diferencia no es de contenido (Poe también es moralizador, a diferencia de Lovecraft que es más moralista, si se me permite el abuso del lenguaje); la diferencia está en que en su cuento sokon m, lo que importa es la historia, y en Poe la dimensión poética, de la historia y de las palabras y giros rebuscados.

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