Con los días y los sueños

Con los días y los sueños

domingo, 18 de mayo de 2014

Casas

-Por qué lo hiciste?

-Estabamos todos en la casa del Señor. Era un lugar de mucha paz y luz. Todos eramos felices y celebrábamos. Con el día se llenaba de sol y por las noches la luna también inundaba las espaciosas estancias con su luz, que entraba por ventanas. Las ventanas eran grandes y chicas, algunas tenían vitrales que transformaban la luz en imágenes danzantes sobre las paredes. Otras eran simples agujeros como que hacen las hormigas o las termitas. Fue por uno de estos que lo vi.

"Una mañana mirando por una ventana sin vidrio divisé en la lejanía un gran ejército. A esa distancia era imposible saber qué o quienes lo componían pero la forma de marchar era inequívocamente la de un gran ejército. Ese día no hablé con nadie, solamente pensé en lo sucedido recorriendo las estanccias y buscando alguna vacía.

"Pero los días fueron pasando y pude ver que el ejército se acercaba. Y
pude ver de qué estaba hecho".

-Y de qué estaba hecho?

"De la corrupción. De toda la corrupción del mundo. De la negrura. De toda la negrura del cosmos. De insectos. De insectos nunca vistos
salvo en pesadillas, insectos que se mueven de sueño en sueño. Temblando de miedo fui a ver a los otros y les dije: allí viene
un ejército para invadirnos".

-Qué te respondieron?

"No es posible. El Señor no permitirá que ningún ejército se nos acerque. Eso me dijeron. Y ni siquiera se dignaron a mirar por las ventanas.

"Cada día se volvían más y más grandes, a medida que se acercaban. Y yo podía divisar nuevas monstruosidades o más detalles abominables. Así que los pinté en cuadros y los llevé a que otros los vieran. Pero se negaron y dejaron de hablar conmigo.

"Así que traté de llegar al Señor. Nunca lo había visto, así que busqué alguien que lo hubiera hecho. Pero descubrí que no había nadie. Nadie que lo hubiera visto. Pero todos me repetían: qué importa si hay un ejército? Él no dejará que se nos acerque. Y volvían a celebrar o a reposar en paz, bañados alternativamente en la luz del sol o de la luna".

-Y entonces qué hiciste?

"Ellos estaban ciegos. Pero yo los amaba aún. Así que salí de la casa y caminé hasta el ejército. Eran leguas y leguas las que ocupaban esas legiones. Los encontré en un gran valle. Asombrados, se detuvieron y mandaron una criatura negruzca con patas de muchas articulaciones y que tenía órganos como para emitir sonidos semejantes a las palabras".

-Qué le dijiste?

"Mi nombre. Que en su camino había un lugar sagrado, que por favor lo evitaran. Que lo evitaran porque allí vivían seres que yo amaba. Seres que había amado a través de incontables eones y muchas vidas. Seres llenos de compasión, belleza y virtud.

"Respondió que precisamente por eso se dirigían allí. Para celebrar comiendo la carne de los santos y bebiendo su sangre. Y entonces sacó una gran espada que era una antena temblorosa, llena de espinas y en cada espina había una cabeza que vociferaba blasfemias.

"Me la enseño amenazadoramente pero yo la tomé como una ofrenda. La retiré de las pinzas que tenía en lugar de manos y la blandí contra él. En el instante que murió un rumor recorrió al ejército, como una ola que recorriera las legiones ida y vuelta. La ola se fue haciendo un rugido. Pero entonces yo también rugí.

"No hubo uno solo que sobreviviera. Los molí con mis dientes hasta reducirlos a polvo abajo del sol. Me tomó tiempo y cuando terminé la luna estaba en el cielo y yo me acosté sobre la tierra húmeda de sangre negruzca. Al despertar seguía siendo de noche. Miré una última vez para atrás y partí hacia aquí".

-Que viste cuando miraste hacia atras?

-Mi hogar. Brillante. Hermoso. Inmaculado. Quisiera pedirte que volvieras allá. Que me llevaras de nuevo. Que me volvieras puro e inocente de nuevo y que fuera otro el que tuviera que hacer todas las cosas que hice.

-Está bien. Hoy es el día en que volveré a casa contigo.

sábado, 17 de mayo de 2014

La Reina de los Colores

La reina de los colores

Había una vez una reina que amaba los colores. Todos los días se ponía vestidos hermosos con colores nuevos que la gente no conocía. A veces salía vestida con los colores primarios. Otras, con los secundarios. Otras veces con colores que tenían nombres desconocidos y que nadie había visto antes. Tanto gustaban esos vestidos a la gente, que luego las demás personas iban a pintar sus casas o sus cuartos de esos colores que habían visto y la reina se ponía muy feliz.

Pero un día en que la reina se demoró escogiendo bien todos los colores, al salir vio que se había hecho de noche. La luz de la luna y de las estrellas era muy tenue y no se veían los colores de su vestido! Eso la hizo poner muy triste.

Caminó por un bosque solitario pensando qué podría hacer.

-Ya lo tengo! -dijo, y volvió corriendo a su palacio.

Al día siguiente la reina invitó a todos los que quisieran a construir el Estadio de los Colores. Sería un lugar enorme con muchas luces, al que se podría asistir de noche y vestirse de variados colores. No importaría la noche porque habría mucha luz.

Así la reina y todas las personas se pusieron a trabajar muy entusiasmadas. La reina ayudaba poniendo ladrillos y levantando paredes. Era un trabajo muy duro, pero realmente amaba los colores y quería compartirlos con todos.

Luego de muchas semanas de intenso trabajo, el Estadio de los Colores estuvo listo. Todo el pueblo esperó ansiosamente la noche y cuando llegó, encendieron las luces. Cuando abrieron las puertas llegó la reina, vestida de muchos colores. Verde, rojo, amarillo y dorado, con un toque de negro y un toque de blanco. Era un vestido radiante.

Pero qué sorpresa se llevó al ver llegar a todas las demás personas. Porque todas estaban también vestidas de bellísimos colores. Y tan felices estaban que bailaban unos con otros celebrando que ahora también podían lucir sus vestidos en la noche. Eso la hizo tan feliz!

Así que la reina mandó que todos los años ese día se celebrara una gran fiesta a la que llamó, como no podía ser de otra manera, la Fiesta de los Colores.

viernes, 16 de mayo de 2014

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida era pálida y lánguida, cuando caminaba entre la gente muchos pensaban que era un fantasma y otros la creían sonámbula porque su piel pálida como el alabastro estaba manchada por dos profundas ojeras violáceas. Sin embargo nadie osaba expresar esa vaga sensación de horror que les provocaba su cercanía debido a las riquezas que desde muy joven ella había heredado. Su padre, un mercader poderoso, sufrió una muerte temprana al caer por unas escaleras de mármol en Venecia, cayendo a los pies de la niñita que tomó la cabeza entre las manos cual la de un títere y, sin derramar una lágrima, depositó un beso en la frente rota. 

A cualquiera se le antojaría que una niña fulminada por la tragedia y creciendo en la opulencia se volvería una persona egoísta y dedicada a sus placeres. En cambio se había vuelto hacia sus sueños y la mayoría de sus posesiones las entregó a la caridad.

Un noble venido de Bulgaria conferenciaba con el corrupto obispo de la ciudad de N... a propósito de la Dama Adelaida. El religioso era pródigo en elogios para con la muchacha pero la razón no era evidente. Pretendía encender el fuego de la pasión en el joven, quien precisamente estaba en la ciudad para eludir un escándalo en su país natal. El obispo odiaba a Adelaida con todo su corazón.

Al principio, cuando la muchacha donó grandes sumas de dinero y propiedades a la iglesia, creyó que todos sus sueños podrían hacerse realidad. Las donaciones eran una fuente constante de ingresos con los que el obispo aspiraba a construirse un palacio y los más pobres nunca veían nada. Sin embargo, Adelaida se aseguró por medio de varias estratagemas que las riquezas llegaran a su destino. 

El obispo la odiaba con todo su corazón y veía en el joven un instrumento para verla desflorada, para verla humillada y arruinada. El joven, a su vez, era tan manipulable como perverso y sus gustos resultaban grotescos aún al propio obispo. Pero esto le excitaba aún más pues estaba dirigiendo contra la muchacha un arma capaz de la mayor destrucción.

El obispo se aseguró que la muchacha y el joven estuvieran en la misa del domingo, con mentiras a una y promesas al otro. El corrupto religioso se regodeaba desde el púlpito mientras observaba las miradas lascivas que el joven le echaba a Adelaida. A sabiendas de que su plan estaba funcionando luego de la misa los presentó y les dejó a solas. Aún en esos breves encuentros con ella, el obispo aborrecía su presencia. Ahora sabía que era algo más, algo en la propia naturaleza de la joven, que lo repelía. Quizá esa indiferencia ante la riqueza y los placeres mundandos. Quizá la raíz de esa indiferencia, que yacía en algún rincón inaccesible del corazón de Adelaida.

El joven búlgaro tenía un gusto muy particular que contravenía lo que la naturaleza había previsto para la intimidad entre hombres y mujeres. Y sus placeres consistían, además de atravesar este umbral prohibido, en que el objeto de sus homenajes ofreciera la docilidad completa, absoluta y silenciosa más propia de un muerto o un muñeco que a una persona de carne y hueso. A sabiendas de que sus gustos eran censurables había aprendido a disimularlos expresándose en formas seductoras y elegantes. Y luego de cumplidos sus fines, hacía circular rumores que desprestigiaban a sus víctimas, restándoles credibilidad y poniéndolo de nuevo en posición de dirigir sus atenciones a una nueva presa mientras la infortunada muchas veces hundida en la deshonra y la desesperación, optaba por terminar sus días.

Así pues, el joven se mostró amable y cortez con Adelaida, representando el papel de un joven virtuoso, interesado en la caridad y despreciando el lujo y la riqueza. Pero eso tampoco interes logró atraer a Adelaida.

La muchacha pasaba largo tiempo en los bosques y sus sirvientes pensaban que hablaba con fantasmas y trasgos. Rara vez lograban los asuntos mundanos conseguían traerla de nuevo de sus vagabundeos por la región de ciénagas y pantanos que circundaba la única propiedad que había conservado para sí. Y esa distancia entre Adelaida y sus sirvientes resultó propicia para los planes del libertino.

Arregló una visita al palacio de Adelaida en horas que sabía la muchacha recorría esos parajes apartados. Mientras esperaba en la casa, un grupo de hombres feroces la secuestró y la llevaron a lomo de caballo con la cabeza encapuchada hasta el lugar donde el joven residía y allí la llevaron a una habitación cerrada y sin ventanas. Mientras tanto el joven esperaba simulando no saber el destino de Adelaida. Finalmente, organizó unas partidas para buscarla y pasó varios días conduciendo búsquedas que sabía serían infructuosas.

Adelaida no comía ni bebía nada en su prisión de oscuridad. Tampoco se movía de un rincón donde se había sentado. A veces se sumergía en un sueño ligero sin cambiar de postura. Luego de varios días el joven la visitó. Primero la espió desde unas rendijas por donde la miraba sin ser visto. Descubrirla tan quieta y lánguida como un muerto lo enardeció y esa misma tarde hizo que abrieran la puerta para dejarlo entrar. Para su sorpresa, encontró a la joven de pie, totalmente indiferente a su cautiverio y a la sorpresa que suponía ser visitada por el noble búlgaro.

Al principio el joven intentó explicarle que estaba allí para rescatarla, pero finalmente le explicó sus condiciones. A cambio complacer sus caprichos, la dejaría volver a su casa. De otro modo permanecería allí para siempre. 

La muchacha apenas movió los labios al hablar. Extrañamente el período de ayuno no la había dejado más demacrada, sino que casi parecía más vital. Lo tomó de la mano al joven y le pidió que la acompañara.

-Si me permite, creo que usted sabe quien soy y, sin embargo, me resulta difícil creer que sepa quien soy -dijo ella. Los sirvientes a su paso permanecían mudos y los dejaban hacer porque nunca habían visto al joven en un estado semejante -. Ven, dejemos esta casa como el espíritu de un muerto abandona la carne que se corrompe y vuela hacia esferas más elevadas. Acompáñame y préstame tus oídos y podrás enterarte de secretos y ver cosas que te ayudarán a entender.

La casa fue quedando más y más lejos sin que nadie los interrumpiera o los siguiera, porque el joven era muy cruel y solía golpear a los sirvientes que lo interrumpían. Y esa fue la última vez que lo volvieron a ver.


El obispo se despertó agitado. Se había entregado al desenfreno y a multiples placeres prohibidos la noche anterior con la impunidad que le permitía su posición en la jerarquía eclesiástica. Pero en los sueños algo horrible lo había visitado y la ominosa sensación lo había seguido al mundo vigil. Se incorporó en la cama y estiró la mano hasta la mesa para alcanzar la jarra con agua que habitualmente mantenía allí para apagar el fuego que los excesos encendían en sus entrañas. Pero las yemas de sus dedos no sintieron el contacto de una superficie metálica fría y curvada sino la viscosidad de algo pegajoso, frío y muerto. Retiró la mano sobresaltado a la vez que escuchó los golpes en la puerta. Su habitación estaba en el segundo piso pero sonaban como si estuvieran a los pies de la cama. 

Penosamente, el obispo encendió una vela y la acercó a lo que había tocado, una pulpa rojiza, las entrañas de algún animal, seguramente. Tembló al pensar cómo habría llegado ahí. Qué clase de seres podrían atravesar las paredes y contemplarlo mientras duerme? El nunca había creído en ningún poder sobrenatural y su investidura había sido siempre un medio para proveerse sus propios y oscuros placeres. Pero el horror había llegado a su morada, a los pies de su propia cama. Y, al parecer, le había dejado una nota debajo del amasijo sanguinolento.

Los golpes se hacían más fuertes abajo. Titubeó. Miró por la ventana abierta. El camino que conducía hasta un bosque cercano estaba lleno de carros y un contingente de soldados de a pie. Una multitud gritaba algo ininteligible para arengarlos. Finalmente sacó el sobre manchado debajo de las entrañas del animal, un animal bastante grande. Si tenía aún alguna oportunidad de salvarse era entendiendo lo que sucedía. Y para entender eso debía comprender las razones de su visita sobrenatural. Aunque algo en su interior le decía que si acaso existen poderes sobrehumanos que conspiran para producir la ruina de una persona, conocer sus intenciones y propósitos solamente puede conducir a la muerte y la locura.

El sobre, extrañamente, a pesar de haber permanecido quién sabe cuánto tiempo bajo aquello, no tenía ni una mancha de sangre. En cambio era de un color blanco purísimo. Al abrirlo, una hoja contenía una carta escrita con una bella letra cursiva que delataba la delicada mano femenina.

"Su excelencia" comenzaba la carta "Hace varios días una persona de su conocimiento llevó a cabo un crimen vil y despreciable. El criminal, sin embargo, no era quien llevó a cabo los hechos. No era el grupo de forajidos que me secuestró. Tampoco era el joven con gustos desviados que pagó a esos forajidos para convertirme a mí, o a ciertas partes mías, en el objeto de su placer. Nadie juzga las armas que usa el asesino sino al asesino. Y en este caso, el acusado es usted.

"No hay nada que yo diga capaz de hacerlo tomar conciencia de la vileza de su acto y de cuanto corrompe al mundo su sola existencia. Sus abominables pensamientos. Sus criminales acciones. De modo que no será posible que encuentre ningún tipo de redención. En cambio, le hablaré de su condenación."

"En el palacio que alojó al joven noble no queda nadie con vida. Que no sean culpables no los hace menos dañinos y perniciosos y su existencia fue extinguida en paroxismo de extremo dolor. Abandonaron al mundo odiándolo, odiando al mundo y a la existencia. Pero me consta que para ellos, lo mismo que para usted, la muerte no será un alivio."

"Del joven, lo único que sobrevive es algunos pocos jirones, esos que ve allí en su mesa, asi como ciertas joyas que están en posesión suya, dispuestos en varios lugares de su casa."

"Usted alegará que no tenía motivo para realizar este horrible crímen. Pero resulta que este joven había decubierto los huesos de incontables mucachitos que usted había asesinado. Cuando el joven lo confrontó, para encubrir el crimen, usted lo mató e incendió su palacio. Pero fue visto en el camino de regreso. Los huesos en el terreno de la iglesia y las joyas del joven noble en su casa serán suficientes para ahogar cualquier duda sobre su culpabilidad"

"No hay nada que usted o yo podamos hacer para reparar todo el mal que usted ha causado. Pero escuche atentamente estas palabras y ponga toda su fé en ellas"

El obispo supiró.

"Encuentre consuelo en el hecho de que las torturas que le procurará el padre del joven asesinado serán dulcísimos placeres en comparación a lo que le espera después de la muerte y por toda la eternidad"

"Eternamente suya, Adelaida"

Los guardias irrumpieron blandiendo espadas, hachas y lanzas. El obispo clamó por misericordia. Trató de enseñarles la carta como prueba de su inocencia.

Pero los guardias no esperaron, doblándole los brazos, obligándolo a ponerse los grilletes, llevándolo lejos, a un lugar donde su carne y su alma pudiera corromperse en la oscuridad para siempre, mientras la carta, blanca, sin ningun signo de sangre, salía volando por la ventana, girando y aremolinándose, cada vez más lejos de ahí. Cada vez más cerca del bosque.