Con los días y los sueños

Con los días y los sueños

viernes, 19 de agosto de 2016

Dios lo puede arreglar todo

La calle es una calle cualquiera de Montevideo: gris. Baldosas. Es una tarde de otoño. Hay neblina. Los pasos resuenan sobre las baldosas, apropiadamente. Mateo Carriquiri saca la llave y abre la reja abajo del cartel que pone: Tarot, soluciones y respuestas. Es más tarde de lo usual, pero abre porque tiene un cliente especial. Abre la puerta y entra.

El lugar es pequeño, apretujado de cajas y cosas. A veces son auténticas (de viajes que ha hecho, Egipto y Madagascar) otras son cartón pintado por un eterno estudiante de bellas artes amigo suyo. En el fondo, la reproducción una pintura de Touluse Latrec donde sale un hombre con un turbante mirando una bola de cristal. En el medio, una mesa con dos sillas.

Pasa de largo y va al vestuario. Es un pequeño cuarto detrás de unas cortinas negras, como un probador grande con una puerta que da a un baño y una pared con un ropero. Lo abre. Saca una túnica que compró en la Casa de los Chascos. Azul brillante, con estrellas y otras figuras plateadas. Se supone que evoca el cielo nocturno y la astrología. Se baja el pantalón exhibiendo las nalgas blancas y flacuchas y lo deja en un banquito. Se pone la túnica. Ahora es el Profesor Alberto. Se identifica así en las publicidades, los papelitos que a veces reparten la gente que contrata.

Sale del vestuario y cuida de cerrar bien la cortina, que no se vea para adentro. Se sienta en la silla apoyando los brazos sobre la mesa. Espera. De pronto se para y va a buscar algo atrás de las cortinas oscuras y pesadas. Vuelve con un pañuelo, se lo anuda sobre la cabeza. No es un turbante, pero se usa mucho ahora. Se usa más. Hoy nadie usa turbantes.

Mateo Carriquiri mira la hora en el reloj de muñeca. En el tiempo que le queda antes que llegue, prende incienso y acomoda la iluminación hasta que todo queda perfecto.

***

Suenan unos golpes en la puerta. Carriquiri adivina nerviosismo por el ritmo. Espera. Los golpes vuelven a sonar.

Se para y se acerca despacio y la abre sonriendo.

Afuera hay un hombre. Es un poco gordo, un poco calvo, un poco viejo. Un poco de todo, pero no mucho de nada, piensa Carriquiri. Hizo una reserva por celular, así que solamente conoce su voz. Carriquiri ha pensado en hacer un sitio web y otras cosas similares, pero no conoce a nadie confiable que pueda ayudarlo. Además, los medios de siempre siguen funcionando.

-El señor Doldán?

-Profesor –dice Doldán, y se mete en la casa.

-Pase, por favor –dice Carriquiri, y cierra la puerta. La primera vez que vienen los clientes tienen mucha ansiedad. Que pase y se siente. Que se calme.

El Profesor Alberto camina con las manos levantadas para que le cuelguen las mangas. Carriquiri aprendió que ese gesto impresiona mucho. Capta su reflejo en el espejo de refilón y puede ver que la túnica no está tan mal. Hay una pintura de Blake, ¿el hombre vestido de estrellas? No recuerda el nombre. Es hora de volver a ser el Profesor Alberto, piensa Carriquiri cuando se sienta enfrente a Doldán.

-Entonces, señor Doldán, dígame ¿qué puedo hacer por usted?

-Como hablamos por teléfono, quisiera hacer una sesión espiritista.

-Eso es poco convencional. Yo me especializo en el tarot y la futorología. No en invocar los espíritus de los muertos.

-Si. Ya lo hablamos. Estoy dispuesto a pagarle.

-Le recuerdo que yo cobro mis honorarios aún cuándo usted no obtenga los resultados que espera. El mundo de los espíritus es engañoso. A veces, hostil...

Carriquiri deja que sus palabras floten en el aire. Que Doldán se haga cargo.

Doldán asiente con la cabeza varias veces.

-Si. Acepto.

-Cuénteme.

-Estoy preocupado por la muerte. Toda mi vida ha sido precipitarme hacia la muerte donde a veces encuentro algo que amo por un tiempo para perderlo indefectiblemente para siempre.
Carriquiri se sorprende por la forma de hablar de Doldán. No se parece a otros clientes. No sabía que existiera este mercado. Dejémoslo hablar, piensa.

-Aha.

-Tenía un tío. Cuando murió mi abuelo, su hermano, él fue como un abuelo para mi. Yo era chico y deambulaba por la casa donde vivía con mi madre, mi tío y su esposa. El tenía una máquina de escribir que a veces ponía en el comedor. El comedor estaba lleno de cosas hermosas. Un cristalero lleno de copas y de macaquitos de vidrio coloreado. Una vez le pregunté como se hacían y me contó que el vidrio caliente era como un líquido que se podía moldera, y yo decidí que quería ser eso: vidriero. Para moldear vidrio líquido y teñirlo de colores y darle formas fantásticas.

La cara de Doldán se había iluminado. Hablaba sin parar, con entusiasmo. El Profesor Alberto asentía.

-Yo me acercaba a él cuando estaba trabajando. Usaba lápices. Escribía en la máquina con papel carbónico para hacer varias cosas de lo que escribía. Algo de su trabajo, nunca supe qué. Tenía los codos arrugados. Yo miraba sus codos y los míos y no entendía. La piel suya estaba estirada y arrugada. No entendía la difernecia. A veces, si lo cargoseaba mucho me mandaba a que intentara morderme los codos.

Doltán rió.

-Un día enfermó. Ya no vivía allí, su trabajo había disminuído y ya no pudo pagar el alquiler. Yo ya no vivía allí, pero él se mudó con su esposa a un lugar más chico; allí intentó varios negocios, sin éxito en ninguno. Enfermó. A veces se decía: no te hagas mala sangre. Bueno, se hizo mala sangre. El día que se murió, yo era chico, mi madre volvió con la noticia. Yo le abrí la puerta y me lo dijo ahí. Después pasó de largo. Estuve un rato tratando de cerrar la puerta. Era imposible. No podía meter la llave en la cerradura. Lo intentaba y lo intentaba, pero era imposible. Al final pude, y mi tío ya se había muerto.

"Mi tía le sobrevivió. Pero le hago corta la historia. Hace unos años enfermó del corazón y murió. Fue quedándose dormida. A veces se despertaba y hablaba un poco, pero no sabía en donde estaba. Sin embargo se sentía querida, allí en el sanatorio. Y un día ya no despertó".

"Un año exacto después de la muerte tuve el sueño por primera vez. En ese sueño, mi tía aparecía a los pies de mi cama. Yo me incorporaba y la abrazaba. Ella seguía buscando algo. Y yo le preguntaba si ya se habían reecontrado con mi tío".

"De niño me contaron que la gente que muere se va al cielo y ahí nos encontramos de nuevo con nuestros seres queridos, que se fueron antes. Pero mi tía, en el sueño, me decía que no. Que no lo había encontrado por ninguna parte. Y seguía buscando".

Doltán hizo silencio.

-Por favor, prosiga –dijo el Profesor Alberto.

-Bueno. Ese sueño. Empecé a tenerlo cada vez más seguido. Cada día veía a mi tía, cada día le preguntaba si ya había encontrado a mi tío. Cada vez me respondía lo mismo: todavía no. Y yo necesito saber que ellos se hallan reencontrado en el cielo. Porque eran personas buenas. Y porque si ellos se reencontraron allí, yo algún día podría verlos de nuevo. Podría recuperar todas las cosas que perdí, que ya no tengo mas. Eso significaría que Dios lo puede arreglar todo. Por eso necesito hablar con mi tío.

-¿Cómo se llamaba?

-José. Pepé.

-Y su tía?

-Rosa. Rosita.

-Y ellos, ¿cómo le decían a usted?

-Nene.

-Me trajo lo que le pedí?

-Si.

Doldán sacó un trapo del saco. Lo apoyó en la mesa, al lado del mazo de las cartas de tarot. De adentro, sacó una foto en un marco dorado y un poco oxidado. Estaban las caras de los dos muertos en blanco y negro, a lo mejor en cepia, Carriquiri no podía distinguir bien con la luz.

El Profesor Alberto tomó el objeto y se levantó de la mesa. Lo llevó hasta un pequeño altar sin dioses donde ardían dos varillas de incienso. Abrio una cajita y lo metió ahí. Al volver a la mesa se sentó, cerró los ojos y empezó a murmurar.

No decía ninguna palabra inteligible. A veces miraba con los ojos entrecerrados la cara de Doldán. A veces cambiaba el ritmo de la letanía. A veces tiraba una palabra en portugués, otras, una palabra inventada. De pronto, Carriquiri se puso rígido, con la cabeza echada hacia atrás. Enderezó el cuello y, con los ojos en blanco, se enfrentó con Doldán.

La voz salió carrasposa. El Profesor Alberto había incorporado al espírituo del tío.

-¿Quién me llama? Tengo que volver con Rosita.

Doldán empezó a llorar. A llorar y a reirse a la vez.

Le agarró la mano al Profesor Alberto y Carriquiri pensó si Doldán no sería un violador. Lo difícil que sería convencer a la policía, más en la línea de su negocio. Nunca le había pasado, pero podía pasar. Pero no.

-Tío. Estás bien?

-¿Nene? ¿Sos vos? No te veo.

-Si, tío. Si, soy yo.

-Vos todavía estás ahí en la tierra. Siiii. Te veo, desde arriba. Estás en un lugar con otra persona. Ahora te veo. ¡Estás cambiado! Tené confianza, nene. Todavía falta, pero un día nos vamos a encontrar de nuevo. Y todo va a ser como antes.

Doltán no paraba de llorar.

-La tía. ¿Cómo está?

-Hermosísima -dijo el Profesor Alberto hablando por el espíritu del tío Pepe.

Doldán se levantó de la mesa y lo abrazó. Apoyó la cabeza en el hombro, encima de la tela azul brillante y las estrellas plateadas. Lloraba y repetía 'te quiero mucho'. Te quiero mucho. Te quiero mucho.

Te quiero mucho.

***

Cuando el llanto amainó, Carriquiri le apoyó la mano en el hombro y Doldán se incorporó.

-¿Está bien? ¿Qué pasó? -dijo Carriquiri con la voz del Profesor Alberto.

-Está perfecto. Todo está perfecto.

***

Después de cobrarle, Carriquiri acompaño a Doldán a la puerta. Al silencio de la noche. A la niebla. Carriquiri sintió un poco de miedo. Miedo al momento en que tuviera que cerrar la puerta y la reja y partir él también. La niebla en la calle tenía el color sobrenatural que le daban las luces de mercurio. Carriquiri pensó que, nomás viendo una calle, era imposible decir en qué año estaban.

***

Carriquiri se había tomado el día libre para ir al teatro porque había dos funciones de una obra donde trabajaba Leo Sbaraglia. Cuando salió del teatro todavía era de día pero estaba oscureciendo y decidió caminar un rato, quizá entrar una librería y comprar un libro.

Iba por Dieciocho. Hacía tiempo que no pasaba por ahí. Sonrió para sus adentros pensando en la ciudad. Justo cruzó por delante de la Biblioteca Nacional. En Montevideo hay edificios dignos de París, pensó. A los pies de la escalera había unas personas. A medida que se acercó vio cuatro hombres, se estaban despidiendo. Miró hacia adentro.

En unos carteles se anunciaba una conferencia de la Universidad. Había escuchado algo en la radio y le interesaba porque la gente de la Universidad siempre parecía querer arruinarle el negocio. En la radio hablaron de una charla sobre astronomía que daba un argentino.

En el grupo de hombres estaba Doldán.

En el momento en que Carriquiri lo ve, Doldán también lo ve y lo saluda como a un amigo. Levanta el brazo para llamarlo. Carriquiri baja la vista.

-Profesor –grita Doldán-. Profesor Carriquiri.

Carriquiri levanta la vista.

-Si.

-Profesor. Como está? Acérquese. El Profesor Mateo Carriquiri, los profesores Domínguez, Cavalho y Emenukián -Carriquiri estrecha una por una las tres manos extendidas-. Que pena no haberlo visto en la conferencia. Sus puntos de vista son tan interesantes!

El entusiasmo de Doldán parece auténtico, piensa Carriquiri.

-De veras? -pregunta uno. Carriquiri se da cuenta de que es el argentino. Los académicos son muy curiosos.

-Oh, si. Pero el Profesor Carriquiri se mueve en otra línea, en las humanidades, no en las ciencias duras.

-Doldán, a usted siempre le interesó la interdiciplinariedad.

Se rieron como si el argentino hubiese hecho una broma. Carrirquiri también se rió, por las dudas. Doldán lo llevó aparte un momento.

-Nos vemos para cenar, profesor?

Carriquiri no sabía que decir.

-¿Conoce el lugar es de comida armenia? En la calle Ellauri... ¿Cómo se llama?

-Erevan –aventuró Carriquiri timidamente.

-¡Exacto! Le llamo un Uber. Usted espéreme allí, tengo que despedirme de ellos y voy lo antes posible.

Antes que Carriquiri supiera lo que pasó, Doldán sacó un teléfono y escribió algo en la pantalla. A los tres minutos apareció un automóvil y Carriquiri subió. Se bajó en Erevan. Como un sonámbulo, se sentó en una mesa cualquiera.

***

Pidió algo de tomar. Una cerveza. Prendió un cigarro. Pidió un cenizero y se lo trajeron. Cuando lo estaba terminando vio a Doldán, un poco gordo, un poco calvo, un poco de todo y mucho de nada, acercándose con paso vivaz

Se dan la mano como viejos amigos y Doldán se sienta en una silla.

Carriquiri titubea.

-Me alegra verlo afuera. Quiero decir, vestido de calle. ¿Sabe quienes eran las personas que saludamos?

Negó con la cabeza.

-Científicos de punta. Algunos ya solamente se dedican a la política. Pero dirigen sus propios departamentos de investigación. Son muy talentosos, yo no entiendo ni un treinta por ciento de lo que hacen. Bosón de higgs, física de partículas.

-¿Y usted? ¿A qué se dedica?

-¿Yo? A la mecánica estadística. Se usa mucho en la industria. La mayoría de mis estudiantes de postgrado vienen de la ingeniería industrial. En Uruguay no hay mucho mercado, pero por ahora las cosas van bien. Además de el ejercicio liberal a veces doy clase en la ORT para no quedar fuera del circuito académico. Ya sabe, los contactos.
Son importantes para conseguir clientes, no le parece?

Carriquiri le miró los zapatos. Sabía que por los zapatos se podía conocer el poder adquisitivo de una persona. Si podría pagarle o si no. Había una línea delgada entre los que podían pagarle y los que querrían pagarle. Ese era su nicho de mercado. Pero este Doldán no estaba ahí. Doldán era un ave. Le había tomado el pelo. Y él se había dado cuenta ni bien lo escuchó hablar. Pero le había seguido el juego.

-¿Qué está tomando? Cerveza. Pidamos otra, una artesanal.

Doldán pidió otra cerveza y ordenó la comida por los dos.

Carriquiri comió sin decir palabra. Doldán había elegido bien. La comida era deliciosa.

-Mi tutor de maestría era armenio. Nos hicimos muy amigos y me volví un aficionado a la comida armenia. Desde que murió su esposa no nos vemos tan seguido, pero mientras vivía la mujer me enseñó muchas recetas. Pero no me pareció apropiado invitarlo a cenar a casa. Y en este lugar la preparan muy bien, no le parece?

Carriquiri asintió antes de darse cuenta. La cerveza se le había subido a la cabeza. No sabía que hacía allí ni por qué se quedaba.

Doldán se sacó los lentes y lo miró. Tenía los ojos celestes. No se había dado cuenta la noche que lo atendió el Profesor Alberto.

-¿Vio lo que dijo Dominguez? Eso de que me gusta la interdisciplinariedad? En mi campo casi nadie tiene contacto con las humanidades. Salvo yo. Yo trato de leer a los autores a la moda. Zizek. ¿Conoce a Zizek? Es un hombre muy divertido, pero dice cosas muy deprimentes. Conviene verlo más que leerlo. Los jóvenes de las carreras de humanidades, psicología y sociología, lo idolatran. Sobre todo por sus ideas políticas. También los estudiantes de arte y cine. Pero las cosas que escribe son muy deprimentes.

Carriquiri lo miraba como quien mira a un verdugo, esperando recibir el golpe de gracia. El toro que, ya extenuado, mira al torero y no sabe lo que tiene que hacer para que todo termine, para que le den el golpe de gracia.

-Si quiere, se lo puedo decir.

-¿Qué cosa?

-Por qué fui a verlo. Al Profesor Alberto, el tarotista.

-¿Por qué? -dijo Carriquiri, aliviado, presientiendo que llegaba el final.

-Cerca de su consultorio hay pegados a las paradas de ómnibus unos papelitos donde dice que usted es un fraude. Algún cliente desconforme, supongo. A mi me gusta caminar por la ciudad y reparé en esos carteles. Así di contigo.

-Pero... si sabía que soy un fraude, un estafador... ¿por qué? Usted, no cree. No es como los otros.
Doldán sonríe. Pide la cuenta y paga con tarjeta. Pide un café y lo deja pago antes de levantarse y alejarse caminando hacia la noche.

-Es más fácil hacer creer a otro que creer uno, Profesor. Al final, esa es la única forma de creer.

***

Carriquiri se queda en la mesa un rato más. Termina el café. Mira el pocillo blanco. Mira la noche negra.

Tiene miedo de volver a su vida. A su casa. A su estafa.

Doldán. Le gustaría que el tipo ese fuera su amigo.

Una banda de muchachos pasa con teléfonos móviles en las manos. Van tocando las pantallas. El resplandor de las pantallas les ilumina la cara y la noche como estrellas extrañas. El tiempo pasa.

lunes, 15 de agosto de 2016

Con los días y los sueños

De mañana.

Suena The Isley Brothers. Están tocando Love the One You're With. Las voces melódicas pero con un tinte de blues, las guitarras con un sonido que cayó en desuso, los coros; cada rayo de sol que entra en el cuarto tiene una nota un acorde una voz del coro para acompañarlo. La música y la luz son una y lo mismo, indistinguibles en el momento de entrar de nuevo en la vigilia. El aire, lleno de partículas ínfimas de polvo, entrando y saliendo de sus pulmones, inflando y desinflando sus pulmones como globos.

Quién es y qué hace le llegan de golpe, con el recuerdo del sueño. Se incorpora apurado y salta de la cama al escritorio para escribir

Ahora Marvin Gaye lo acompaña. Tiene un móvil en la mesita de luz conectado a un montón de parlantes que cuelgan como las moscas en una telaraña por todo el cuarto, que usa como despertador con Spotify. Pero también sirve para escribir. Santiago escuchó una vez que Stephen King escribía escuchando Judas Priest, Anthrax y otras bandas de Heavy Metal. Igual ahora esta música sirve. Igual ahora no puede parar para cambiar de música y buscar otra. Igual ahora no está escribiendo, está transcribiendo.

Llena unas cuatro páginas con letra virtualmente ilegible antes que se agoten las ideas y dos avisos de la madre para que baje a desayunar. Santiago baja de nuevo a la realidad del cuarto, busca que ponerse. Eugenio en la casa tiene una pila de ropa en uso al lado de la cama. De un metro de alto y poco más en la base. Él, en cambio, tiene unos cajones. La gente es tan distinta una de otra, piensa, y agarra un pantalón.

***

Beso a la madre en la puerta. Lleva una bonita carpeta de plástico, las cuadernolas adentro. Sabe las materias que tiene de memoria, pero por las dudas, en la tapa de la carpeta hay un papel, un 'fixture' de las materias. Sabe que tiene todos los cuadernos que precisa. Las materias son un mal necesario, pero ayudan. Sirven para atraer a todos los amigos a ese lugar.

Da la vuelta a la casa para hacerle un último mimo al perro, casi en secreto. Casi porque el perro ladra, mueve la cola, se hace un poco de pichí en la anticipación al mimo. El perro y el chico, un día quiero escribir algo con ese título, piensa Santiago. El perro le lame la mano. Santiago le rasca atrás de la oreja entre las rejas del porton. El perro queda saltando, pero el portón es muy alto. El portón entre ellos es muy alto, si.

Por la calle pasa otra gente desconocida. Frank Sinatra en los auriculares. La sensación del día, nuevo y luminoso, persiste en el camino al liceo. Solamente esta canción. Después la cambio, se dice Santiago. Y llega al liceo escuchando algo más energético, pronto para una batalla invisible como todos los demás.

***

El liceo es un edificio blanco con una arquitectura que no sigue la geometría euclidiana. No hay manera que ese espacio enorme tenga los recodos que tiene, los espacios enormes adentro que den cabida a los cientos y cientos de estudiantes. Tiene que ser algo extraterrestre. Un experimento extraterrestre para estudiar a estos bípedos sin plumas.

El Cuti está ahí. El Cuti es un sacerdote del culto del Punk. Tiene toda la sabiduría, salvo por que no sabe que la tiene. Se mueve como si cada paso fuera un juego. Hoy vino con un saludo nuevo. Se acerca a Santiago corriendo como un pitufo, aunque no es un pitufo. No es azul. Es alto y flaco, pálido y con pelo negro como ala de cuervo. Dientes grandes, sonrisa grande. El Cuti es genial. Insiste en el saludo no tanto hasta que Santiago lo aprende sino hasta que Santiago se ríe. Misión cumplida. El Cuti es como el tipo ese de Steins;Gate que hace lo necesario para que sus amigos no estén tristes. Santiago se pregunta si tiene cara de triste. Puede ser. O a lo mejor, solamente es cara de sueño.

***

-Ya llegó Bettina.

-Qué malo que sos -dice Santiago sin poder aguantar la risa.

Bettina es la hija de la secretaria de la escuela. Eso es equivalente a la realeza. Así que Bettina es una princesa alta y de rulos, con la cara larga y la misma sonrisa deliciosa de la madre, pero la cara más joven, fresca.

Los mira al pasar. Los saluda con esa sonrisa. Es generosa con las sonrisas. Siempre hablan de ella al llegar. De cómo creen que tuvo un romance con Claudia, la otra muchacha alta, porque bailaban juntas en aquel primer baile, ya tema de leyenda. De lo que creen que es un romance entre dos chicas. Siempre nos divertimos igual, siempre con lo mismo, piensa Santiago. Es un pensamiento satisfactorio, completo.

Bettina era completa. Santiago sospecha que al Cuti le gusta. Le gusta aunque ella no escuche la misma música que él. O que se vista como princesa pop y él se vista con vaqueros y campera de cuero. Pero el Cuti insiste que no, que no. Y eso confirma la sospecha. Santiago se sonríe.

-Hoy soñé de nuevo. Ya lo escribí todo.

-Y? Qué pasó hoy?

-No se si puedo hacerlo cerrar con lo demás.

-Qué pasó hoy?

Santiago le pasa unas hojas de papel, las páginas que escribió en la mañana. El Cuti se las queda leyendo, Santiago en silencio, al lado. Mira como algunos pasan.

Al terminar de leer, el Cuti dice:

-Tendrías que pasárselo a Bettina. Para que lo lea.

-Y no es mejor que se lo leas vos?

El Cuti pone su cara de 'QUE IDEA GENIAL!!!'. Imagina un poco de ese escenario, pero suena el timbre.

Cuando uno escucha música todo el tiempo por mucho tiempo, a veces suena la música sola. Suena en el cerebro. Eso cree Santiago. Es mejor que pensar en un tumor cerebral. Los tumores son artefactos de historias, pero no quiere saber de tumores en la vida. Total, es mejor creer que el cerebro está entrenado a elegir y reproducir canciones. Solamente con un poco de concentración. Una canción conectada a las luces y las sombras del lugar, a los ruidos, los pasos, al ritmo de los latidos del corazón y de la circulación de la sangre.

Y entonces llega.

El escribe para ella. Escribir es pura magia, cuando escriba lo correcto, ella va a unirse a él en una unión mística. Por eso el Cuti le dice que le pase el cuento -que se va haciendo cada vez más largo con los días y los sueños. Pero el cuento no es para Bettina.

Silvana es una muchachita delgada y pálida, con el pelo negro y los buzos azul oscuros diferentes de todos los demás buzos del uniforme de todos los demás. En la cara blanca como mármol a veces se le notan pecas. A veces no. Los dedos de las manos son larguísimos y hermosos. Una vez la vio sola y se atrevió a saludarla con la mano a través de una ventana. Ella le devolvió el saludo, sin conocerlo. O capaz que lo conocía. Capaz que sabía quién era. Capaz que ella también lo miraba de lejos, intrigada por las cosas qué el 'gordito traga' podía escribir.

Al pasar levantó la vista. La mirada le llegó como un rayo. Un rayo que te pone tonto.

El Cuti dice, esta vez hablando la verdad del acero:

-Tendrías que hacerle llegar el cuento.

Esta vez se refiere a la muchacha correcta. Le pasa las páginas de vuelta a Santiago.

-Porque eso es lo que querés, no? Que ella conozca esa parte de vos.

Si. Porque esa es la parte de mi que se puede rescatar, piensa Santiago. El Cuti es un sacerdote de un culto antiguo, posiblemente hiperbóreo. El Cuti es su mejor amigo y puede leerle la mente. ¿Pero de veras le parece que un cuento así podría interesarle a Silvana?

Como si realmente le estuviera leyendo la mente, el Cuti responde:

-Los nombres dicen algo. Silvana es una pista de quién es ella.

Si pudiera soñar más, piensa Santiago, si pudiera soñar hasta el final, me atrevería a darle el cuento. O la nouvelle. O la novela serializada, lo que sea. No hay un nombre para ese género, el de los cuentos que crecen en los sueños.

Uno está solo, piensa Santiago, a medida que el bulto de cientos de chicos y chicas entran al liceo y van como ganado, entrenados para ir cada uno a su clase. Si, y todos estamos solos. Pero en esa soledad compartida hay algo bueno, algo cálido. Como el sol en el aire frío, que atraviesa el frío y llega al buzo suyo y al buzo raro es que usa Silvana, que no se parece al de nadie más en el liceo.

El buzo que no se parece a ningún otro. Santiago piensa eso y el pensamiento se repite, como si viniera de otro lugar, como si significara algo muy profundo. Algo que solamente el Cuti podría entender, pero algo que solamente él, Santiago, podría escuchar.

Trix

domingo, 18 de mayo de 2014

Casas

-Por qué lo hiciste?

-Estabamos todos en la casa del Señor. Era un lugar de mucha paz y luz. Todos eramos felices y celebrábamos. Con el día se llenaba de sol y por las noches la luna también inundaba las espaciosas estancias con su luz, que entraba por ventanas. Las ventanas eran grandes y chicas, algunas tenían vitrales que transformaban la luz en imágenes danzantes sobre las paredes. Otras eran simples agujeros como que hacen las hormigas o las termitas. Fue por uno de estos que lo vi.

"Una mañana mirando por una ventana sin vidrio divisé en la lejanía un gran ejército. A esa distancia era imposible saber qué o quienes lo componían pero la forma de marchar era inequívocamente la de un gran ejército. Ese día no hablé con nadie, solamente pensé en lo sucedido recorriendo las estanccias y buscando alguna vacía.

"Pero los días fueron pasando y pude ver que el ejército se acercaba. Y
pude ver de qué estaba hecho".

-Y de qué estaba hecho?

"De la corrupción. De toda la corrupción del mundo. De la negrura. De toda la negrura del cosmos. De insectos. De insectos nunca vistos
salvo en pesadillas, insectos que se mueven de sueño en sueño. Temblando de miedo fui a ver a los otros y les dije: allí viene
un ejército para invadirnos".

-Qué te respondieron?

"No es posible. El Señor no permitirá que ningún ejército se nos acerque. Eso me dijeron. Y ni siquiera se dignaron a mirar por las ventanas.

"Cada día se volvían más y más grandes, a medida que se acercaban. Y yo podía divisar nuevas monstruosidades o más detalles abominables. Así que los pinté en cuadros y los llevé a que otros los vieran. Pero se negaron y dejaron de hablar conmigo.

"Así que traté de llegar al Señor. Nunca lo había visto, así que busqué alguien que lo hubiera hecho. Pero descubrí que no había nadie. Nadie que lo hubiera visto. Pero todos me repetían: qué importa si hay un ejército? Él no dejará que se nos acerque. Y volvían a celebrar o a reposar en paz, bañados alternativamente en la luz del sol o de la luna".

-Y entonces qué hiciste?

"Ellos estaban ciegos. Pero yo los amaba aún. Así que salí de la casa y caminé hasta el ejército. Eran leguas y leguas las que ocupaban esas legiones. Los encontré en un gran valle. Asombrados, se detuvieron y mandaron una criatura negruzca con patas de muchas articulaciones y que tenía órganos como para emitir sonidos semejantes a las palabras".

-Qué le dijiste?

"Mi nombre. Que en su camino había un lugar sagrado, que por favor lo evitaran. Que lo evitaran porque allí vivían seres que yo amaba. Seres que había amado a través de incontables eones y muchas vidas. Seres llenos de compasión, belleza y virtud.

"Respondió que precisamente por eso se dirigían allí. Para celebrar comiendo la carne de los santos y bebiendo su sangre. Y entonces sacó una gran espada que era una antena temblorosa, llena de espinas y en cada espina había una cabeza que vociferaba blasfemias.

"Me la enseño amenazadoramente pero yo la tomé como una ofrenda. La retiré de las pinzas que tenía en lugar de manos y la blandí contra él. En el instante que murió un rumor recorrió al ejército, como una ola que recorriera las legiones ida y vuelta. La ola se fue haciendo un rugido. Pero entonces yo también rugí.

"No hubo uno solo que sobreviviera. Los molí con mis dientes hasta reducirlos a polvo abajo del sol. Me tomó tiempo y cuando terminé la luna estaba en el cielo y yo me acosté sobre la tierra húmeda de sangre negruzca. Al despertar seguía siendo de noche. Miré una última vez para atrás y partí hacia aquí".

-Que viste cuando miraste hacia atras?

-Mi hogar. Brillante. Hermoso. Inmaculado. Quisiera pedirte que volvieras allá. Que me llevaras de nuevo. Que me volvieras puro e inocente de nuevo y que fuera otro el que tuviera que hacer todas las cosas que hice.

-Está bien. Hoy es el día en que volveré a casa contigo.

sábado, 17 de mayo de 2014

La Reina de los Colores

La reina de los colores

Había una vez una reina que amaba los colores. Todos los días se ponía vestidos hermosos con colores nuevos que la gente no conocía. A veces salía vestida con los colores primarios. Otras, con los secundarios. Otras veces con colores que tenían nombres desconocidos y que nadie había visto antes. Tanto gustaban esos vestidos a la gente, que luego las demás personas iban a pintar sus casas o sus cuartos de esos colores que habían visto y la reina se ponía muy feliz.

Pero un día en que la reina se demoró escogiendo bien todos los colores, al salir vio que se había hecho de noche. La luz de la luna y de las estrellas era muy tenue y no se veían los colores de su vestido! Eso la hizo poner muy triste.

Caminó por un bosque solitario pensando qué podría hacer.

-Ya lo tengo! -dijo, y volvió corriendo a su palacio.

Al día siguiente la reina invitó a todos los que quisieran a construir el Estadio de los Colores. Sería un lugar enorme con muchas luces, al que se podría asistir de noche y vestirse de variados colores. No importaría la noche porque habría mucha luz.

Así la reina y todas las personas se pusieron a trabajar muy entusiasmadas. La reina ayudaba poniendo ladrillos y levantando paredes. Era un trabajo muy duro, pero realmente amaba los colores y quería compartirlos con todos.

Luego de muchas semanas de intenso trabajo, el Estadio de los Colores estuvo listo. Todo el pueblo esperó ansiosamente la noche y cuando llegó, encendieron las luces. Cuando abrieron las puertas llegó la reina, vestida de muchos colores. Verde, rojo, amarillo y dorado, con un toque de negro y un toque de blanco. Era un vestido radiante.

Pero qué sorpresa se llevó al ver llegar a todas las demás personas. Porque todas estaban también vestidas de bellísimos colores. Y tan felices estaban que bailaban unos con otros celebrando que ahora también podían lucir sus vestidos en la noche. Eso la hizo tan feliz!

Así que la reina mandó que todos los años ese día se celebrara una gran fiesta a la que llamó, como no podía ser de otra manera, la Fiesta de los Colores.

viernes, 16 de mayo de 2014

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida o la carta inmaculada

Adelaida era pálida y lánguida, cuando caminaba entre la gente muchos pensaban que era un fantasma y otros la creían sonámbula porque su piel pálida como el alabastro estaba manchada por dos profundas ojeras violáceas. Sin embargo nadie osaba expresar esa vaga sensación de horror que les provocaba su cercanía debido a las riquezas que desde muy joven ella había heredado. Su padre, un mercader poderoso, sufrió una muerte temprana al caer por unas escaleras de mármol en Venecia, cayendo a los pies de la niñita que tomó la cabeza entre las manos cual la de un títere y, sin derramar una lágrima, depositó un beso en la frente rota. 

A cualquiera se le antojaría que una niña fulminada por la tragedia y creciendo en la opulencia se volvería una persona egoísta y dedicada a sus placeres. En cambio se había vuelto hacia sus sueños y la mayoría de sus posesiones las entregó a la caridad.

Un noble venido de Bulgaria conferenciaba con el corrupto obispo de la ciudad de N... a propósito de la Dama Adelaida. El religioso era pródigo en elogios para con la muchacha pero la razón no era evidente. Pretendía encender el fuego de la pasión en el joven, quien precisamente estaba en la ciudad para eludir un escándalo en su país natal. El obispo odiaba a Adelaida con todo su corazón.

Al principio, cuando la muchacha donó grandes sumas de dinero y propiedades a la iglesia, creyó que todos sus sueños podrían hacerse realidad. Las donaciones eran una fuente constante de ingresos con los que el obispo aspiraba a construirse un palacio y los más pobres nunca veían nada. Sin embargo, Adelaida se aseguró por medio de varias estratagemas que las riquezas llegaran a su destino. 

El obispo la odiaba con todo su corazón y veía en el joven un instrumento para verla desflorada, para verla humillada y arruinada. El joven, a su vez, era tan manipulable como perverso y sus gustos resultaban grotescos aún al propio obispo. Pero esto le excitaba aún más pues estaba dirigiendo contra la muchacha un arma capaz de la mayor destrucción.

El obispo se aseguró que la muchacha y el joven estuvieran en la misa del domingo, con mentiras a una y promesas al otro. El corrupto religioso se regodeaba desde el púlpito mientras observaba las miradas lascivas que el joven le echaba a Adelaida. A sabiendas de que su plan estaba funcionando luego de la misa los presentó y les dejó a solas. Aún en esos breves encuentros con ella, el obispo aborrecía su presencia. Ahora sabía que era algo más, algo en la propia naturaleza de la joven, que lo repelía. Quizá esa indiferencia ante la riqueza y los placeres mundandos. Quizá la raíz de esa indiferencia, que yacía en algún rincón inaccesible del corazón de Adelaida.

El joven búlgaro tenía un gusto muy particular que contravenía lo que la naturaleza había previsto para la intimidad entre hombres y mujeres. Y sus placeres consistían, además de atravesar este umbral prohibido, en que el objeto de sus homenajes ofreciera la docilidad completa, absoluta y silenciosa más propia de un muerto o un muñeco que a una persona de carne y hueso. A sabiendas de que sus gustos eran censurables había aprendido a disimularlos expresándose en formas seductoras y elegantes. Y luego de cumplidos sus fines, hacía circular rumores que desprestigiaban a sus víctimas, restándoles credibilidad y poniéndolo de nuevo en posición de dirigir sus atenciones a una nueva presa mientras la infortunada muchas veces hundida en la deshonra y la desesperación, optaba por terminar sus días.

Así pues, el joven se mostró amable y cortez con Adelaida, representando el papel de un joven virtuoso, interesado en la caridad y despreciando el lujo y la riqueza. Pero eso tampoco interes logró atraer a Adelaida.

La muchacha pasaba largo tiempo en los bosques y sus sirvientes pensaban que hablaba con fantasmas y trasgos. Rara vez lograban los asuntos mundanos conseguían traerla de nuevo de sus vagabundeos por la región de ciénagas y pantanos que circundaba la única propiedad que había conservado para sí. Y esa distancia entre Adelaida y sus sirvientes resultó propicia para los planes del libertino.

Arregló una visita al palacio de Adelaida en horas que sabía la muchacha recorría esos parajes apartados. Mientras esperaba en la casa, un grupo de hombres feroces la secuestró y la llevaron a lomo de caballo con la cabeza encapuchada hasta el lugar donde el joven residía y allí la llevaron a una habitación cerrada y sin ventanas. Mientras tanto el joven esperaba simulando no saber el destino de Adelaida. Finalmente, organizó unas partidas para buscarla y pasó varios días conduciendo búsquedas que sabía serían infructuosas.

Adelaida no comía ni bebía nada en su prisión de oscuridad. Tampoco se movía de un rincón donde se había sentado. A veces se sumergía en un sueño ligero sin cambiar de postura. Luego de varios días el joven la visitó. Primero la espió desde unas rendijas por donde la miraba sin ser visto. Descubrirla tan quieta y lánguida como un muerto lo enardeció y esa misma tarde hizo que abrieran la puerta para dejarlo entrar. Para su sorpresa, encontró a la joven de pie, totalmente indiferente a su cautiverio y a la sorpresa que suponía ser visitada por el noble búlgaro.

Al principio el joven intentó explicarle que estaba allí para rescatarla, pero finalmente le explicó sus condiciones. A cambio complacer sus caprichos, la dejaría volver a su casa. De otro modo permanecería allí para siempre. 

La muchacha apenas movió los labios al hablar. Extrañamente el período de ayuno no la había dejado más demacrada, sino que casi parecía más vital. Lo tomó de la mano al joven y le pidió que la acompañara.

-Si me permite, creo que usted sabe quien soy y, sin embargo, me resulta difícil creer que sepa quien soy -dijo ella. Los sirvientes a su paso permanecían mudos y los dejaban hacer porque nunca habían visto al joven en un estado semejante -. Ven, dejemos esta casa como el espíritu de un muerto abandona la carne que se corrompe y vuela hacia esferas más elevadas. Acompáñame y préstame tus oídos y podrás enterarte de secretos y ver cosas que te ayudarán a entender.

La casa fue quedando más y más lejos sin que nadie los interrumpiera o los siguiera, porque el joven era muy cruel y solía golpear a los sirvientes que lo interrumpían. Y esa fue la última vez que lo volvieron a ver.


El obispo se despertó agitado. Se había entregado al desenfreno y a multiples placeres prohibidos la noche anterior con la impunidad que le permitía su posición en la jerarquía eclesiástica. Pero en los sueños algo horrible lo había visitado y la ominosa sensación lo había seguido al mundo vigil. Se incorporó en la cama y estiró la mano hasta la mesa para alcanzar la jarra con agua que habitualmente mantenía allí para apagar el fuego que los excesos encendían en sus entrañas. Pero las yemas de sus dedos no sintieron el contacto de una superficie metálica fría y curvada sino la viscosidad de algo pegajoso, frío y muerto. Retiró la mano sobresaltado a la vez que escuchó los golpes en la puerta. Su habitación estaba en el segundo piso pero sonaban como si estuvieran a los pies de la cama. 

Penosamente, el obispo encendió una vela y la acercó a lo que había tocado, una pulpa rojiza, las entrañas de algún animal, seguramente. Tembló al pensar cómo habría llegado ahí. Qué clase de seres podrían atravesar las paredes y contemplarlo mientras duerme? El nunca había creído en ningún poder sobrenatural y su investidura había sido siempre un medio para proveerse sus propios y oscuros placeres. Pero el horror había llegado a su morada, a los pies de su propia cama. Y, al parecer, le había dejado una nota debajo del amasijo sanguinolento.

Los golpes se hacían más fuertes abajo. Titubeó. Miró por la ventana abierta. El camino que conducía hasta un bosque cercano estaba lleno de carros y un contingente de soldados de a pie. Una multitud gritaba algo ininteligible para arengarlos. Finalmente sacó el sobre manchado debajo de las entrañas del animal, un animal bastante grande. Si tenía aún alguna oportunidad de salvarse era entendiendo lo que sucedía. Y para entender eso debía comprender las razones de su visita sobrenatural. Aunque algo en su interior le decía que si acaso existen poderes sobrehumanos que conspiran para producir la ruina de una persona, conocer sus intenciones y propósitos solamente puede conducir a la muerte y la locura.

El sobre, extrañamente, a pesar de haber permanecido quién sabe cuánto tiempo bajo aquello, no tenía ni una mancha de sangre. En cambio era de un color blanco purísimo. Al abrirlo, una hoja contenía una carta escrita con una bella letra cursiva que delataba la delicada mano femenina.

"Su excelencia" comenzaba la carta "Hace varios días una persona de su conocimiento llevó a cabo un crimen vil y despreciable. El criminal, sin embargo, no era quien llevó a cabo los hechos. No era el grupo de forajidos que me secuestró. Tampoco era el joven con gustos desviados que pagó a esos forajidos para convertirme a mí, o a ciertas partes mías, en el objeto de su placer. Nadie juzga las armas que usa el asesino sino al asesino. Y en este caso, el acusado es usted.

"No hay nada que yo diga capaz de hacerlo tomar conciencia de la vileza de su acto y de cuanto corrompe al mundo su sola existencia. Sus abominables pensamientos. Sus criminales acciones. De modo que no será posible que encuentre ningún tipo de redención. En cambio, le hablaré de su condenación."

"En el palacio que alojó al joven noble no queda nadie con vida. Que no sean culpables no los hace menos dañinos y perniciosos y su existencia fue extinguida en paroxismo de extremo dolor. Abandonaron al mundo odiándolo, odiando al mundo y a la existencia. Pero me consta que para ellos, lo mismo que para usted, la muerte no será un alivio."

"Del joven, lo único que sobrevive es algunos pocos jirones, esos que ve allí en su mesa, asi como ciertas joyas que están en posesión suya, dispuestos en varios lugares de su casa."

"Usted alegará que no tenía motivo para realizar este horrible crímen. Pero resulta que este joven había decubierto los huesos de incontables mucachitos que usted había asesinado. Cuando el joven lo confrontó, para encubrir el crimen, usted lo mató e incendió su palacio. Pero fue visto en el camino de regreso. Los huesos en el terreno de la iglesia y las joyas del joven noble en su casa serán suficientes para ahogar cualquier duda sobre su culpabilidad"

"No hay nada que usted o yo podamos hacer para reparar todo el mal que usted ha causado. Pero escuche atentamente estas palabras y ponga toda su fé en ellas"

El obispo supiró.

"Encuentre consuelo en el hecho de que las torturas que le procurará el padre del joven asesinado serán dulcísimos placeres en comparación a lo que le espera después de la muerte y por toda la eternidad"

"Eternamente suya, Adelaida"

Los guardias irrumpieron blandiendo espadas, hachas y lanzas. El obispo clamó por misericordia. Trató de enseñarles la carta como prueba de su inocencia.

Pero los guardias no esperaron, doblándole los brazos, obligándolo a ponerse los grilletes, llevándolo lejos, a un lugar donde su carne y su alma pudiera corromperse en la oscuridad para siempre, mientras la carta, blanca, sin ningun signo de sangre, salía volando por la ventana, girando y aremolinándose, cada vez más lejos de ahí. Cada vez más cerca del bosque.